Desde la perspectiva de la neurobiología y la balística operativa, el consumo masivo de alcohol inhibe la corteza prefrontal del cerebro, anulando el control de impulsos y desatando un comportamiento agresivo en cadena dentro de entornos sobrepoblados.
Intentar dispersar un zafarrancho realizando “tiros preventivos” al aire en zonas de alta densidad representa un peligro mecánico severo: las balas no desaparecen en el aire, y al rebotar contra el pavimento o estructuras rígidas, sus esquirlas conservan energía cinética suficiente para causar heridas graves o la muerte de personas inocentes.