Miles de ciudadanos en las zonas metropolitanas enfrentan un calvario diario al trasladarse en unidades de transporte público obsoletas que operan con fallas mecánicas recurrentes, asientos destrozados y sistemas de ventilación inservibles.
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La falta de flujo de aire adecuada, combinada con la saturación de pasajeros durante las horas de mayor afluencia, convierte a los autobuses en espacios de hacinamiento e insalubridad donde se incrementa drásticamente el riesgo de propagación de enfermedades respiratorias, además de exponer a los usuarios a varamientos inesperados a mitad de sus recorridos.













