En la década de 1970, investigaciones científicas financiadas internamente por corporaciones del sector energético confirmaron un diagnóstico crítico: la dependencia continua de los combustibles fósiles elevaría las concentraciones atmosféricas de CO2 de las 280 partes por millón (ppm) preindustriales a niveles capaces de modificar drásticamente el clima terrestre.
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Los modelos matemáticos desarrollados en sus propios laboratorios calcularon con notable exactitud el derretimiento de los casquetes polares y la elevación de las temperaturas globales que se registran hoy en día.