Durante más de ocho décadas, la industria automotriz y petrolera distribuyó masivamente en el mercado global combustibles addicionados con tetraetilo de plomo, una decisión comercial que expuso a miles de millones de personas a la inhalación sistemática de un metal pesado altamente neurotóxico.
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A pesar de que existían alternativas limpias y no patentables como el etanol, la protección de patentes y márgenes de ganancia primó sobre la evidencia médica y la seguridad ambiental de la población.












