Desde la neurociencia y la psicología del trauma, presenciar una agresión física directa hacia la figura principal de apego activa de forma violenta la amígdala cerebral, disparando una descarga masiva de adrenalina y cortisol que anula el razonamiento lógico del córtex prefrontal.
Aunque los delincuentes hayan utilizado un arma de réplica o plástico, el sistema nervioso del menor procesa la amenaza como un riesgo mortal inminente, desactivando el instinto básico de autoprotección para desencadenar una respuesta física de defensa totalmente desproporcionada contra agresores adultos.












