A mediados de 1816, el noreste de Norteamérica y el centro de Europa se hundieron en el caos meteorológico. Oleadas de frío extremo congelaron los campos de cultivo, tormentas eléctricas interminables desbordaron los ríos y la niebla gris constante impedía ver el cielo azul. La población de la época, desconcertada, bautizó a ese periodo como “El año sin verano”.