La mayoría de los despertadores humanos eran ancianos jubilados que necesitaban dinero extra, o bien, los mismos policías nocturnos que aprovechaban el final de sus rondas de vigilancia para ganarse unos peniques adicionales antes de irse a dormir. También había personas con trastornos de insomnio crónico que decidieron monetizar su incapacidad para dormir de noche.