En aquella época, las familias nobles de Castilla buscaban diferenciarse a toda costa de los campesinos y labradores que trabajaban extenuantes jornadas bajo el sol.
Al permanecer resguardados en sus castillos y palacios, los aristócratas mantenían una tez sumamente pálida, lo que hacía que las venas superficiales de sus muñecas y antebrazos se traslucieran con un marcado tono azulado bajo la piel.












