Los choferes más novatos, sintiendo lástima por el peligro en el que se encuentra, se detienen a un lado de la carpeta asfáltica para ofrecerle aventón; la mujer sube en silencio, acomodándose en el asiento del copiloto sin pronunciar palabra.
Pero al cabo de unos kilómetros, cuando el conductor voltea para preguntarle a dónde se dirige, se encuentra con el asiento totalmente vacío o con la mirada pálida de un rostro sin vida que se desvanece en el aire, haciendo que los traileros pierdan el control del volante o tengan que frenar de golpe con el corazón a punto de salirles del pecho.













