Esa mirada fija, calculadora y analítica del felino mientras estira su pata con extrema lentitud hacia un vaso de cristal, un adorno o las llaves de la casa no es una muestra de maldad, rencor ni de una desobediencia programada para molestarte.
Para el cerebro de un gato, empujar un objeto con la garra y observar cómo rueda o cae al abismo es una manifestación directa y saludable de su instinto cazador, además de una forma natural de explorar las texturas, la resistencia, el peso y la velocidad de las cosas en lo que él considera su territorio dominado.