De pronto, en la penumbra de los pasillos vacíos, se escuchan con claridad los taconazos lentos de un espectador invisible recorriendo las filas de butacas rojas, o el lamento ahogado de una mujer que susurra desde las sombras de los camerinos subterráneos.
Tramoyistas, guardias de seguridad y hasta músicos de la orquesta juran haber visto la silueta de una dama vestida con ropajes antiguos asomarse desde los palcos superiores, desvaneciéndose justo cuando la luz de una linterna intenta enfocarla, dejando tras de sí un aire helado y la sensación inquietante de que el show para los difuntos nunca termina.