El agua conduce el calor corporal casi veinticinco veces más rápido que el aire, lo que provoca una vasoconstricción periférica severa donde el sistema circulatorio redirige drásticamente la sangre hacia los órganos vitales para mantener la temperatura central.
En menos de un minuto, la hiperactivación de los termorreceptores cutáneos desata un reflejo incontrolable de hiperventilación y una descarga de adrenalina que eleva el riesgo de arritmias o paro cardiorrespiratorio.