A diferencia del té, que suele servirse en recipientes ligeramente cónicos o tazas anchas, el café servido en la tradicional taza cilíndrica presenta una dinámica de oscilación sumamente inestable.
El simple acto de dar pasos impone una fuerza periódica al recipiente que se traslada de forma directa al líquido en su interior, transformando un movimiento suave en olas internas de volumen creciente.