Desde la etología canina, la neurobiología del comportamiento y la ingeniería de superficies, esta respuesta masiva no es un simple gesto de ternura, sino un fenómeno de contagio emocional y sincronización social mediado por el sistema de neuronas espejo del Canis lupus familiaris.
Los perros poseen una sensibilidad superior para detectar alteraciones bruscas en el lenguaje corporal humano y señales acústicas agudas, como el choque seco contra el suelo o una exclamación de dolor, lo que activa en sus cerebros una alerta de desestabilización del entorno.












