El problema dejó de ser exclusivo de las tortugas marinas atoradas en redes y de los océanos lejanos; ahora, los fragmentos microscópicos de botellas desechables, bolsas de supermercado y charolas de unicel están incrustados en nuestros pulmones, siendo bombeados por nuestro corazón e incluso contaminando la placenta de los bebés que aún no nacen.
Nos estamos plastificando desde adentro.