Cada año, el mundo genera más de 50 millones de toneladas de desperdicios electrónicos inservibles. Pero esta chatarra no desaparece por arte de magia; termina amontonada en enormes basureros en las periferias y zonas marginadas.
Ahí, miles de familias en pobreza extrema sobreviven desmantelando estos aparatos a martillazos limpios.
Para extraer el valioso cobre y revenderlo antes de que caiga la noche, se ven obligados a quemar montañas de cables y tarjetas madre a fuego abierto, tragando columnas de humo negro y espeso sin siquiera un trapo para taparse la boca.












